El camino serpentea por un paisaje creado por la erupción de 1865, que dejó una cadena de pequeños conos piroclásticos redondeados — los llamados cráteres en forma de botón. El itinerario está bien marcado, con un desnivel mínimo, y no requiere ninguna preparación física ni equipo especial más allá de un buen calzado.
El tramo más encantador atraviesa el bosque de abedules Betula aetnensis — una especie que solo crece en el Etna. Los troncos pálidos sobre el suelo volcánico negro son la razón por la que los fotógrafos adoran este paseo. Desde los bordes de los cráteres se contempla el mar Jónico, los montes Peloritanos y, en días despejados, las islas Eolias.
Lo que aporta la guía
El sendero es precioso por sí solo; una guía certificada hace que hable. Aprendes cómo la erupción de 1865 formó los conos sobre los que estás, por qué los abedules sobreviven aquí y en ningún otro lugar tan al sur, cómo se comporta hoy el flanco noreste del Etna — y el paseo se adapta a tu grupo: más lento con los abuelos, más lúdico con los niños, más largo si quieres más.



